12 junio 2006

Tengo algo que contarte

Imagina a Elena antes de hablar conmigo. Elena deleitándose al contemplar sus uñas coloreadas de un frambuesa intenso. Elena descolgando el auricular del teléfono. Elena marcando mi número. 5-3-2-7-5-5-7. Tum, tum, tum...
- Tengo algo que contarte...
Su voz me quema como leña prendida en mis entrañas. Nunca me gustó. Exaltada, eufórica. Como si todo fuera maravilloso. Siempre con algo que contar. Como si la vida fuera una continua aventura.
Quedamos en el parque encantado. El parque donde un niño se cayó de un columpio. Y se mató. Y ahora el columpio se balancea solo de cuando en cuando. Y dicen que se oye una voz infantil cantar. También de cuando en cuando. Yo nunca la escuché y eso que en mi época de estudiante pasé muchas tardes allí.
Voy en busca de Elena. Una chica frívola como un beso que no llega a tocar la mejilla. Una chica con el coño perpetuamente apretado y letra con adornitos tipo flor en el punto de la “i”. En definitiva, una chica con la que sólo se podría disfrutar echando un polvo. Su rostro recibiéndome con una impecable sonrisa se cuela en mi imaginación y me da un buen susto. Enciendo un cigarrillo. Siempre se puede encontrar una mala excusa para fumar. Pero el caso es que no dejo de preguntarme ¿qué será eso que me tiene que contar?
A través de unos matorrales Carlos se abre paso. Es la aparición de un espléndido príncipe azul sólo que en versión cutre. Carlos es el novio de Elena y a pesar de su belleza sólo su madre, Elena y yo sabemos que tiene un precioso lunar con tres pelos duros como escarpias en su cosita. Fue uno de los tantos “tengo algo que contarte” de Elena. Desde entonces no dejé de preguntarme si aquello a mi “amiga” le dolería.
Carlos me pregunta que qué hago aquí y también que si no escucho a un niño cantar.
-¿Conoces la historia?
-No.
¿Por qué el espíritu de ese pequeñajo desgreñado y con pupas no querrá dejarse oír por mí?
Carlos se enreda a contarme historias sobre su trabajo como reponedor en el Carrefour y sus devaneos con el alcohol los fines de semana. No me habla de su novia. En realidad me come con los ojos mientras me aburre con sus banalidades. Y entre cartones de leche y botellas de vodka suelta un, (¿He escuchado bien? Sí), suelta un “Qué bonita estás cuando no sabes qué hacer y te miras la punta de los zapatos y balanceas los pies.” ¿De dónde habrá sacado tal estupidez? Y luego lo remata diciendo “Siempre me has gustado”. Ahora me está besando. La vaselina de sus labios sabe a fresa y nicotina. Siento ganas de vomitar.
-Estoy esperando a Elena.
-Entonces vayamos a otro sitio. Quien me gusta de verdad eres tú.
Caminamos. Yo no sé qué hacer. Estaría bien darle un escarmiento a esa pantera con minifalda pero cómo me como yo un lunar con tres pinchos. Un lunar con tres pinchos. Un cactus taladrando mi interior. Está bien, está bien, tragaré con el erizo infecto con tal de borrar esa sonrisa de orgasmo fingido que Elena siempre dibuja en su rostro. Pero... ¡no! Es que sé que no voy a poder soportarlo y el momento llegará. Los dedos de Carlos resbalan por mi nuca y son tan exasperantes como polen en la nariz. Le miro con dulzura. Imagino un tenedor clavándose en la carne de un melocotón y también la cara de boba de Elena al enterarse de que su novio la ha dejado por mí. Paso del terror a la satisfacción y de la satisfacción al interrogante y del interrogante otra vez al terror. Me siento como si presenciara el transcurso y el final de la función de un trapecista y luego no supiera cuando voy a volver al circo, pero vuelvo. Creo que Carlos va a intentar besarme otra vez. Me dejo. Dios mío, me estoy mareando. Suelto un suspiro. Carlos parece excitado. Sus manos estrujan mi trasero y, de pronto, me parece oír cantar al niño un “sí” acompasado. Ya se me ha pasado el mareo. Por fin me he decidido.
-¿Puedes esperar un momento?
-Claro.
Me alejo móvil en mano.
Imagina la mano blanca y lisa de Elena cogiendo su móvil. Imagina su cara cuando empiece a decirla:
-Tengo algo que contarte.
Lorena Caballero